Mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
A. Pizarnik

I. Hallazgo

Como la niñita que cayó en un agujero que parecía no tener fin, había caído yo en el fácilmente llamado abismo sentimental. Y a diferencia del maravilloso tope sin dolor instantáneo de la fantástica criatura, mi rostro fue a dar de lleno con el más duro suelo de melancolías. ¡Ay, tierra de tribulaciones la que me recibió! Un beso de lo indeseado, pero ósculo por absoluto mío.

Sorprenderme sobremanera, y luego respirar profundo. Qué mejor reacción, pues, si todo ser de mi entorno próximo desapareció antes del derrumbamiento estrepitoso. ¿Dónde estaban mis soportes?, ¿adónde fueron mi Reina Nívea y mi Princesa Vainilla, el leal Señor Conejo y el Anélido azul…? ¡Oh, dolor! Dejaron solo a este inservible cuerpo en un mundo triste.

Lloré mares. (Ocultar la natural reacción sería infantil: empapé el dorso de mis manos, los atravesé con albumina y sal durante —supongo— un largo tracto). Después pretendí mirar mis pies (los sabía en tierra mojada); sin embargo, la opacidad lo hizo imposible. Apareció entonces lo que consideré verdad: la muerte. Y, en la soledad obscura, grité sin voz, recordando al Todopoderoso. Pedí entendimiento y solución, porque Él es bueno y omnipresente. (Sin reloj, cubierto de oscuridad, me quedé quieto juntando las palmas, enlazando los dedos, cerrando las vistas, puesto que ya de nada servían).

Pero no obtuve respuesta —a las plegarias celestiales también hay formas de acceder, maneras que se disolvieron en mi errático andar—. Así, entre sollozos cansados, me tumbé en la ignorancia a esperar la calavera definitiva, ¡pues de qué otra cosa podría tratarse esa sensación de vértigo que sí concluyó en impacto!

Y de repente sucedió el álgido mutis.

—Calma. —De inmediato, el silencio fue roto. ¿Vox Dei? Nones. Era mi Princesa Vainilla

© Ilustración de Sir John Tenniel

II. Examinación del área

Lloraba la Reina Nívea. Recuerdo cuando me contó que jamás sus grandes y bellos ojos vieron aridez. Por supuesto, le creí: desde que llegué a sus brazos, los besos de sus labios en mi frente se acompañaban de lágrimas, lluvia nacida en ella que humedecía los terrenos de mi dermis. Cuidó de mí y no dejó que me convirtiera en un desierto. Pasé años en su seno, protegido por sus dulcedumbres aguaceros, bañado en su eviterno diluvio. Mas se fue un día, ¡y qué sabía yo de la vida sin su agua! Aprendí cero. El mundo me secó.

Alta voz la de la Princesa Vainilla. Un poco de nueva humedad, gracias a sus estruendosos cánticos, conseguí. El cielo obscuro nos abrazó desde el inicio, y nuestras carnes se juntaron en las estrellas del sexo amoroso. Encima de las camas formadas por planetas, el polvo espacial se desprendía entre las carnes de estos (aquellos) insignificantes cuerpos bulliciosos. El aroma a vainilla de mi princesa adornó el preludio de la gran explosión. Un enlace afectivo: eso: abono vivificador para esta (aquella) planta que hallábase marchita. Por segunda vez, apareció la palabra más valiosa que existe; entre luz y alborozo, se dijo «AMOR».

Y así también llegó la amistad. El noble Señor Conejo no saltaba. Lo cual siempre le ocasionó problemas: burlas y exclusión por parte de sus congéneres —orejones y bigotones brincaban rodeándolo a distancia—. Pese a ello, en cada ocasión que le hablaba sobre su tormento y le aconsejaba reaccionar con fuerza ante los malditos saltarines, enhestaba sus pelajes y soltaba berridos varios para que me callase. «¡Nunca! El Señor indicó “setenta veces siete”, hombrecito —explicaba—. Dios me ama en extremo, por eso me obsequió el humano caminar».

Ah, mi buen amigo… ¡cómo observaba a los otros peludos!, ¡cómo se le movían las patitas viéndolos lejanos!

Así, entre otras extrañezas, volaba el índigo gusano. Anélido azul que prefería no conversar de deidades, pues aseguraba conocerlas y saber que detestaban la mención de sus nombres. «En cualquier momento, por insignificancias, los aclaman —protestaba mientras intentaba rozar el suelo—, ¿acaso nadie entiende lo molesto que puede resultar? Tantas bocas nombrándolos. Millones y millones de mentes. Déjenlos tranquilos. ¡Yo! —gritaba— ¡Yo les rogué alguna vez! Y obsérvenme: sigo en el aire; soy un blanco fácil para los azores».

Evitaba cuestionar sus ideas. Poco entendía yo, además. Y me entristecía tanto tanto.

III. Espacio horadado

Desde este mundo, desafiando a la lógica del otro (al que pertenecí en algún momento), hablo directamente contigo mediante la oralidad que te pertenece.

Te digo: los seres que me acompañan también están atrás de ti, mas no en la espalda, sino en el pecho. Han cambiado: el gusano azul turquí se conduce a rastras por tus frescas tierras, transmitiendo las lecciones de su dios; el buen conejo da saltos de continente a continente corporal (de tu cerebro a tus pies, de tus párpados a tus partes pudendas) renegando; la hermosa Princesa Vainilla calla esperando la iluminación de la estrella de Belén, que tarda en encenderse; y la cariñosa Reina Nívea se ha cubierto de arena, se ha ensaharado en las yemas de tus dedos.

¿Me entiendes? ¿Puedes vislumbrar ese hoyo? Ten cuidado: tú eres el inicio de esta mala historia.

© Ilustración de Sir John Tenniel