Recuerdo que estábamos en la subida de los álamos a no más de dos cuadras de tu casa. Íbamos caminando y de pronto te pasaste la mano sobre el pecho. Entonces sentiste el agujero negro en el lugar que le correspondía a tu corazón. Dijiste: ¿Qué es esto? Estabas muy asustada. Y yo dije: Creo que ha sido mi culpa. Te quedaste muy quieta como recordando y yo trataba de calmarte pero sabía que tarde o temprano descubrirías que realmente era mi culpa. Cinco minutos después tus zapatillas fueron dos barcos huyendo a toda prisa del lugar.

Yo comprendí que ya no había marcha atrás. Sin embargo, todas las mañanas me levantaba y lo primero que decía era: Lamento haber sido un cretino contigo. Y luego iba repitiéndole la frase a las cosas que habías dejado. Me acercaba al rompecabezas y les decía a las piezas: Oigan, lamento haber sido un cretino con ella. Abría el caño de agua y el del fuego y les tocaba el cuerpo. Les explicaba como si fuesen niños. En serio, lamento haberla tratado tan mal. Pero ellos no me creían. Y escapaban a sus tuberías. Después me iba a la cocina. Me sentaba a la mesa. Y el jugo sabía a velocidad. El pan era de vidrio. La radio gritaba. Entonces yo hacía un gran círculo con mis brazos y los apretaba. Les gritaba muy fuerte: Lamento haber sido un cretino con ella. Lo iba repitiendo hasta que me volvía a quedar dormido. Cuando despertaba el pan estaba en el suelo, la radio sobre el mueble y entre mis brazos solo mi cabeza despeinada.

      © OH SERIES. Michiel Alberts.

Perdí mi trabajo. Compré uno de esos gimnasios desarmables porque me pareció que serviría de algo hacer ejercicio. Cuando conseguí levantar la barra con diez kilos a cada lado le puse veinte, y cuando ya podía con los veinte le puse treinta. Los brazos me temblaban y a menudo tenía que soltar la barra de golpe, de modo que esta hacía un ruido horrible al toparse con los ganchos. Entonces mis ojos parecían de mercurio y repetía nuevamente: Lo lamento, en serio lamento haberte hecho tanto daño, y me quedaba allí tendido entre todo ese metal por el resto del día.

No tenía pesadillas porque básicamente no dormía. Y si conseguía dormir, entonces mis sueños se parecían a uno de esos viajes entre dos ciudades separadas por desiertos.

Cuando la pena se ponía demasiado grande trepaba a la bicicleta y me iba a dormir al parque que está por tu casa. Aquel que tiene una especie de anfiteatro. Pero no dormía sino que me quedaba quieto tratando de repetir mi frase en silencio con todo el cuerpo. Como si yo mismo fuese una oración reconciliándome con tus veredas, tus vecinos y tus árboles.

Luego vino la época en que comencé a irme a otros países. Conocí a muchas personas. Me invitaban a sus casas o hacían caminatas conmigo en sus ciudades. Me mostraban los lugares turísticos y cuando la noche nos agarraba en algún bar yo terminaba siempre hablándoles de ti. Finalmente cuando nos despedíamos en la puerta de casa yo les decía: No creas que no lamento haber sido tan cretino con ella. Y ellos siempre decían: Claro que no, y se iban.

      © OH OH SERIES. Michiel Alberts.

Cuando volví, la ciudad no fue demasiado grande para ocultarnos. Tú tenías amigos y yo tenía amigos y esos amigos tenían amigos. Una noche acabé en la misma fiesta que tú y hubo sorpresa para todos. Yo nunca te había dicho cuánto lamentaba lo sucedido así que durante toda la fiesta era en lo único que pensaba. Pensaba en eso y en el agujero negro al medio de tu pecho. Luego de muchas canciones por fin me acerqué y te dije: ¿Sabes? Tú te me quedaste mirando y yo agregué: Daría mis dos piernas por no haberte hecho daño. Tú dijiste: ¿De qué hablas? Y yo te dije: Nunca quise hacerlo. Y tú volviste a decir que no sabías de qué rayos estaba hablando.

Entonces ya no me quedó más que abrirte de par en par la camisa para mostraste el agujero negro que yo había dejado.

Luego un grupo de hombres me apartó de ti. Yo gritaba mientras me iban arrastrando hacia la salida. Alguien te preguntó que quién era yo y tú dijiste que no me conocías.

Eso fue lo último que te oí decir. Yo dije: ¡Mierda, lo siento! ¡Siento haber arruinado todo! Pero entonces ya nadie bailaba y todo era un gran ruido confuso que nadie entendía. Los hombres me botaron fuera de la casa y ya después de eso lo único que recuerdo es que yo no paraba de gritar que lo sentía, mientras frente a mí se cerraba la puerta del lugar y yo veía a través de una última rendija como cerrabas el último botón de la camisa que cubría tu pecho anaranjado, otra vez intacto.

      © OH OH SERIES. Michiel Alberts.