Cuando a la escritora argentina Samanta Schweblin le preguntaron —a propósito de su cuento Cabezas contra el asfalto— cuál es la relación entre estética y violencia, respondió que «es una relación interesante; la muerte nos espanta, pero también nos atrae, nos alucinan sus formas. Y como hacemos con todo lo que nos fascina, construimos alrededor de la muerte historias, teorías y estéticas». Y detalló que «le gusta pensar en esta idea —bastante horrorosa, en realidad— de que siempre que haya una estética detrás, siempre que haya una intención artística, todo está perdonado».

Es cierto. Y qué bueno que lo diga una mujer. Sobre todo, en estos tiempos en que «lo políticamente correcto» amenaza de una u otra manera a las expresiones artísticas; en estos tiempos en que las críticas incluso buscan descalificar o censurar ficciones. (¡Vamos! Ficción: invención, cosa fingida, sucesos imaginarios). Pero bueno, a la verdad, este es un tema que viene tratándose desde hace mucho. En 1987, durante una conversación para la revista Interview, Charles Bukowski le contó al actor Sean Penn: «Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: “¿Le gusta violar a niñitas?”. Dije: “Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida”».

Obviamente, cualquier tipo de violencia es repudiable y punible en la vida real. Sin embargo, en literatura y/o en otras artes, tratar el tópico es permitido. Se puede escribir sobre cualquier asunto, decía uno de mis profesores de Redacción General y Literatura. Aun si el autor utiliza la primera persona o se enfoca en la perspectiva de un criminal, no quiere decir que realice afuera los deplorables actos que ocurren dentro de su obra, cuya calidad puede ser admirable por el manejo de las figuras literarias, la fluidez de la prosa, los silencios, los gritos, etcétera.

En este sentido, solo para mencionar dos representantes de las letras, seleccioné a Bukowski y Schweblin —de estilos muy distintos—, quienes demuestran, en algunos de sus relatos, que el arte puede girar en torno a la sordidez, al terror, a la extrañez, y generar un sinfín de sentimientos en los lectores.

(Aunque sean incómodos y provoquen repelús, no debemos olvidar que muchos escritos nacen de observar el mundo en el que vivimos, que de por sí ya es bastante sucio, corrupto… lamentable). El cuento por el cual Bukowski fue reprochado con dureza, al punto de que una estudiante de la Universidad de Massachusetts lo acusara de cometer acoso sexual, se titula El malvado. Al leerlo, es cierto, a uno se le revuelven las tripas por lo explícito. Si bien al final, el violador —protagonista— enfrentaría la ley, la crudeza de la narración previa puede horrorizar hasta las lágrimas, hasta generar en nosotros la aceptación —la justificación, quizá— de lo dicho por los policías al malvado: «Yo podría matar tranquilamente a un hijo de puta como tú […] Podría matar a un hijo de puta como tú casi sin darme cuenta», «Tengo una hija de cinco años […] ¡Te mataría y me quedaría lo más tranquilo!».

¿Merecía el autor del cuento la reprobación? Sea como sea, ante los ataques, en especial por la imputación de un delito, el literato escribió una carta mordaz en la que, entre otros puntos, señalaba:

La sagaz «interpretación» de la pequeña aspirante a crítica literaria me involucra de forma ineludible como autor material del acoso cometido por Blanchard, un personaje de ficción, del cual soy padre, pero a la vez no puedo responder ni dar garantías por sus actos. La señorita refuerza sus audaces palabras argumentando que la razón de escribir un relato de semejante alcance realista se debe, en esencia, a que anteriormente el autor debe haberse encontrado alguna vez envuelto en una situación similar, en el transcurso de su sucia vida.

Debo contestar a tan vil acusación abiertamente diciendo: ¡No, señorita! ¡Ud., no entiende nada! Yo no cometí ningún delito sexual, fue un personaje de mi relato, YO solo hacía LITERATURA, solo soy un observador de la naturaleza humana. Y usted, que es tan perspicaz, observe que la narración no se construye en primera persona sino desde la perspectiva de una tercera persona o persona ausente.

Charles Bukowski manifestó, en la posdata de la esquela, que el tipo de temáticas que trabajaba siempre le generaban problemas, mas reiteró que la ficción, por más real que parezca, sigue siendo ficción. Y ejemplificó la distinción entre los dos puntos señalando que «Odiseo nunca llegó a Ítaca, que la historia griega no es lo mismo que la literatura griega y, por último, que Homero no era ciego, porque es posible que quizás nunca haya existido».

Sin hesitaciones, hablar de un abuso sexual a una pequeña o cualquier otra representación de violencia es «fuerte», ya sea en el interior o en el exterior de los libros. No obstante, es menester tomar un aire, calmar el ímpetu, y diferenciar lo uno de lo otro.

 

© La máquina de follar. Charles Bukowski. Editorial Anagrama / Pájaros en la boca y otros cuentos. Samanta Schweblin. Literatura Random House.

 

Manteniéndonos en la senda, la mirada recae en Samanta Schweblin y sus cuentos Cabezas contra el asfalto y La pesada valija de Benavides. El escenario es similar —con respecto al abordaje de la violencia en sus textos, no a la recriminación, pues ella nunca ha sido acusada de cometer delito alguno—: si bien no es tan explicita como Bukowski, los personajes de los relatos aquí mencionados también cometen atrocidades.

En el primer texto, un hombre cuenta cómo llegó a convertirse en un pintor exitoso. Todas sus pinturas son de cabezas humanas aplastadas contra el piso: descubrió su tema predilecto cuando era menor de edad —y las maestras destacaban sus habilidades para retratar peces—, después de que estrellara la testa de dos compañeros, uno en la escuela y otro en el colegio secundaria; exactamente luego de que pensara golpear la crisma de una chica contra el piso, y se detuviera. En vez de lanzarse en búsqueda del impacto, lo pintó. Desde entonces, en sus lienzos solo aparecieron imágenes de cráneos sangrantes. Ya grande y solitario —no tenía más amigos que su madre y su representante; en el amor fracasó—, el protagonista conoció a un dentista coreano, con quien deseó entablar una verdadera amistad. El oriental le pidió que realizara un cuadro para adornar la sala de espera de su consultorio. El pintor aceptó, hizo lo que mejor sabía y el resultado fue la que consideró su mejor obra. A su «amigo», sin embargo, no le gustó y decidió alejarse. El artista, que moría por saber en qué había fallado, que estaba desesperado por recuperar la comunicación con el que supuso «amigo», lo busca… no lo encuentra. Por eso, de repente, regresa su arte al contexto inmediato: aporrea al primero que aparece.

De hecho, hay mucho que analizar detrás del pintor: sus nítidos recuerdos, en principio aquel en que escucha a mamá decirle «si golpeás mucho la cabeza de alguien contra el asfalto —aunque sea para hacerlo entrar en razón—, es probable que termines lastimándolo»; el concepto que tiene de sí mismo: «pacífico»; y de nuevo las ideas de su madre —que él, como todo buen artista, posee una gran sensibilidad—; también hay que detenerse en el entorno, en los compradores de sus pinturas.

El protagonista sentencia:

La gente dice que soy un racista, un hombre descomunalmente malo, pero mis cuadros se venden por millones y yo empiezo a pensar en eso que siempre decía mi mamá, eso de que el mundo lo que tiene es una gran crisis de amor, y de que, al fin y al cabo, no son buenos tiempos para la gente muy sensible.

Por su parte, en el segundo cuento de la argentina, el protagonista, Benavides, es un hombre que acaba de matar a su esposa y guarda el cadáver en una maleta (me recuerda a una triste noticia acontecida en Perú en el año 2005). Él intuye que pocos comprenderán las razones del crimen, por eso no las menciona. Ni siquiera se menciona el nombre de la víctima. Decide ir a la casa-consultorio de Corrales —quien podría ser un psicoanalista—; le confiesa que ha matado a su mujer, mas titubea de miedo: ¿podría ser un sueño, una pesadilla? El doctor toma las palabras de su paciente como un desvarío, lo aloja y le da sedantes para que se duerma. Al siguiente día, trémulo, Benavides muestra el cuerpo sin vida retorcido dentro de la valija. Corrales, lejos de aterrorizarse, exclama que es una maravilla, ¡arte! Enseguida convoca a Donoso, un curador artístico; el objetivo es hacer pública aquella genialidad. El feminicida no entiende nada… Repite que ha matado a su mujer, que es una tragedia. Llora. Pareciera exigir una condena.

Los dos hombres que ahora también saben del crimen ignoran sus lamentos y reducen el siniestro acto o, mejor dicho, lo elevan a una obra «auténticamente innovadora». Mientras aprecia a la muerta en su recipiente de cuero, Donoso cavila: «Qué es la violencia si no es esto mismo que presenciamos ahora […] La violencia en su estado más primitivo. Salvaje. Puede olerse, tocarse. Fresca e intacta a la espera de una respuesta de sus espectadores». «¡Es extraordinaria! —dice Donoso— ¡Horror y belleza!, qué combinación…» Y el protagonista prorrumpiendo que no, que es su mujer, que la ha matado a golpes, que lo que está sucediendo es una desgracia.

A pesar de tratar un asesinato, de conocer el hecho y el procedimiento de los personajes —porque Samanta Schweblin lo ha escrito de esa manera—, es inaceptable que acusemos a la autora de criminal. Al contrario, la lectura de este relato —que incluso posee su cuota de humor— y Cabezas contra el asfalto —¿Disfrutará la escritora de estampar cráneos contra superficies duras? ¡No! —, estudiar su prosa, pasar la vista por las líneas, permite calificarla como una voz sobresaliente de la literatura contemporánea. Es más, eso se dice en los foros especializados, en la internet, en los medios culturales.

¡Violencia y estética! ¡Violencia y expresión artística! En fin, mucho pan para rebanar, y es posible que jamás se establezca un acuerdo. Lo que sí me gustaría reiterar es que, en lo que respecta a la creación de cuentos, de FICCIONES, los literatos aquí citados son excelentes, unos maestros del género. Ellos pueden despertar tantos sentimientos… pueden, por medio de sus INVENCIONES, mostrar las rarezas y aberraciones propias de la REALIDAD.