Valiéndome de insulsos criterios estéticos, buscando una falsa perfección, traicioné a mis instintos por la aceptación. Por eso, desde aquel día, me prometí disparar a lo primero que se me cruce, sin poner el ojo en el visor y sin pedir permiso. No volví a revisar más la cámara hasta días o meses después, porque no quise saber si acerté o fallé; quise olvidar lo que vi. Por eso hago fotos y por eso ni una ni un millón me serán suficientes.

Debo confesar que no sé cómo hacer una buena fotografía y que aún me tiembla el dedo índice y mis ojos se resbalan cuando alguien me pide que le retrate. Creo que esto genera demasiada presión para alguien que no quiere (en)cubrir las expectativas de otros.

Y que no se diga que no lo intenté. Ya arruiné un par de matrimonios y satanicé unos cuantos cumpleaños, ya decepcioné a mis mejores amigos, tíos, sobrinos, y probablemente a mis padres, quienes nunca gustaron de mis fotos. Sin embargo, lo reconfortante es que todavía continúo decepcionándome de mi, y gracias a eso, mis ojos ahora saben hacia donde quieren ver, sin que alguien me diga hacia donde tengo que ver.

 

© Juan Ciudad

 

No borraré más las huellas del delito. Me obsesionaré con ellas para volverlas a recorrer y entender por qué caminé por ahí mientras el cadáver aún espera ser descubierto.

De esta manera, saldré algún día del desierto de silencio y sombra, romperé la cuarentena, brincaré por los andes y me desdoblaré en la selva hasta que la luz exhale su último halito.

Me olvidaré de que soy fotógrafo, y no recordaré más a Eggleston, Gruyaert, Larrain o Depardon. Seré solo yo.

Pero eso sí, antes que me nazca la muerte, y en donde quiera que me encuentre, asimilaré mi entorno como un paisaje divino. Porque para mí, la mejor fotografía no será siempre la que te espera a miles de kilómetros al norte, sino, aquella a la que una y otra vez le estuviste dando la espalda.

 

© Juan Ciudad