Por Carlos Saura

¿Qué es para un escritor lo primero? Más de una vez he hecho esa pregunta a escritores amigos.

Los que trabajamos en el mundo del cine sabemos que escribimos para más tarde reproducir en imágenes lo que hemos plasmado en el guión. En este caso no cabe duda: la literatura y la imagen caminan por el mismo sendero. Los que hacemos cine conocemos nuestros límites, esos que la literatura desborda con la palabra escrita. En una película existe la posibilidad de recurrir a una voz en off para que nos cuente lo que no vemos: pensamientos, hechos del pasado, estados de ánimo, incluso hay ejemplos en los que el protagonista es el yo-presente que narra y reflexiona sobre su vida, usurpando recursos literarios propios de la literatura.

¿En quién piensa un escritor cuando describe a sus personajes, los lugares, los paisajes, una imagen, un estado de ánimo? ¿Puede ahora, en este momento en el que la fotografía reina por doquier, no utilizar como referencia las imágenes que lo han acompañado en vida? Decía Gerald Brenan en su Memoria personal: «Lo verdaderamente trágico de la vida es que olvidamos. Los momentos felices llegan y se van, nuestros amigos se mueren y todo acaba por destruirse, pero esto sería soportable si pudiéramos conservar imágenes más claras y más precisas del pasado. La muerte verdadera es el olvido, porque si hay algo que conservamos y atesoramos son nuestros recuerdos».

En el momento en que el fotógrafo acciona el disparador de la cámara encapsula el pasado. Ya no hay presente, sólo pasado, los rostros y los paisajes ya no se pierden en la niebla de la imprecisión del recuerdo, están aquí, frente a nosotros, y nos permiten, al mismo tiempo, elucubrar e ir más allá estimulando y enriqueciendo nuestra memoria con el material visual que tenemos a nuestro alcance. Un cambio de vía y estás al otro lado, quizá en el lugar soñado, o, simplemente, cambias de piel y te despiertas en cualquiera de las múltiples personalidades que anidan en nosotros, en cualquiera de los paisajes que un día visitamos. Estábamos allí, pero ya no estamos.

©Goya en Burdeos (1992)

Si «imaginación» viene de «imagen», en todo caso, la supera y amplía. Más de una vez me he planteado si existe relación entre la fotografía y la literatura. Siempre me ha llamado la atención cómo en Madame Bovary Flaubert describe durante páginas y páginas los vestidos de las damas, sus adornos, las telas, con una minuciosidad casi enfermiza.

Hoy sería inútil, aunque siempre interesante, retomar ese camino y perderse leyendo sin otro sentido que la precisión en el detalle. Es allí cuando las descripciones literarias tratan de «fotografiar» a sus personajes y los lugares que habitan, donde la fotografía y el cine superan a la literatura.

No hace falta recurrir a frases como «espejo de la vida», «testigo de los hechos», «testimonio histórico», etcétera, para entender que la fotografía es uno de los más grandes inventos del hombre y que de él se derivan el cine, el vídeo y la televisión: una verdadera revolución que marca la época en que vivimos. Incluso podríamos especular sobre si la aparición de la pintura impresionista y de otros caminos pictóricos y literarios es el resultado del invento de la fotografía y, más tarde, del cine. Porque resulta lógico que, después de su surgimiento en los albores del siglo XIX, los pintores se replanteen su visión de la realidad. La precisión, el detalle, el intento de reflejar y reproducir la realidad a través del dibujo y de la pintura tienen ahora otro sentido. Es preciso buscar nuevas vías y se avanza en caminos inexplorados: impresionismo, expresionismo, cubismo, informalismo, la abstracción… y, así, hasta ahora.

Se inicia una nueva época y el escritor puede estrujar su memoria para rememorar lugares y personas o revisar el enorme material visual que tiene a su alcance. Queda la imaginación, el talento creativo, la capacidad de invención, pero ¿será verdad que todo lo que se escribe forma parte de la propia vida? Si es así, hay en lo que escribimos una parte visual que está memorizada en la mente del autor. Podemos manipular el recuerdo a nuestro antojo y que sirva de trampolín para la imaginación, aunque a veces sería más fácil recurrir al material visual del momento en el que la narración sucede. ¿Cómo eran los automóviles en los años treinta, pongo por caso? ¿Y los vestidos de las damas en los años veinte? ¿Y las canciones? ¿Cómo son en la actualidad las grandes ciudades: París, Londres, Roma, Venecia, Nueva York? ¿Cómo eran antes y después de la última y terrible guerra mundial Berlín, Varsovia, Tokio? Y, así, imágenes y sonidos se superponen conformando nuestro universo.

Desde la invención de la fotografía, las imágenes que hemos visto quedan archivadas en algún lugar de nuestra mente y, si surge alguna duda, podemos acudir a ellas; ahora sabemos cómo eran nuestros padres, la evolución de nuestros hijos, de nuestros amigos, de los personajes que han marcado nuestra vida y también conocemos mejor la historia reciente y sus protagonistas, conocemos sus rostros y, a veces, sus voces, junto con lo que hicieron o dejaron de hacer.

Hoy habitamos un mundo en donde las imágenes nos saturan: están en los teléfonos móviles, en las tabletas, en los documentales y las películas, en la televisión, en periódicos y revistas, a través de internet… Vivimos bajo un bombardeo visual continuo y es imposible sustraerse a la presencia de la fotografía en cualquier actividad artística.

©Cría cuervos (1976)

Los sabios dicen que no existe una biblioteca organizada en nuestro cerebro ni unos cajones en donde se guardan fechas e imágenes. Ahora sabemos que las imágenes, los recuerdos, las palabras, toda nuestra imaginación surge como chispazos eléctricos que recorren espacios diferentes de nuestro cerebro y que, de ese aparente caos de millones de combinaciones, brotan las palabras y los escritos, que son una forma de dejar constancia de lo que queremos decir, contar, narrar. Escribimos porque hablamos, por lo que recordamos, por el susurro de los pensamientos.

El hecho de poder contar con una memoria fidedigna de acontecimientos pasados es algo novedoso en la historia del hombre, nunca hasta ahora habíamos podido dar fe con tanta precisión de cómo somos ni con quién compartimos nuestras vidas. Sin duda, la fotografía ha cambiado nuestra forma de pensar e incluso de ser.

La literatura es otra cosa, más evanescente, porque deja al lector la posibilidad de recrear con la imaginación personajes y acciones que se relatan, sus motivaciones y sus deseos. La literatura, ya se sabe, como la música, como el teatro, como el cine, se desarrolla en el espacio-tiempo. La fotografía es diferente: ahí está, inmovilizada como por arte de magia.

Para dar forma a las historias imaginadas en ese cine virtual que todos llevamos dentro de nuestro cerebro, tenemos que recurrir a la escritura, al teatro o al artificio del cine. Somos esclavos de la imaginación; inventamos lo que no somos o lo que quisiéramos ser, o, simplemente, contamos a los demás lo que pensamos del mundo que nos rodea. En eso la literatura y el cine superan a la fotografía.

Este texto fue cedido por:
Cuadernos Hispanoamericanos – CUADERNOS HISPANOAMERICANOS