A través de sus historias de Instagram, veo a una amiga abrir una galleta de la fortuna. El papelito dentro de la galleta dice: “Para progresar primero debes dudar”. ¿Dudar? pregunta otra amiga que también aparece en el vídeo. Es un mensaje extraño. ¿Dudar de qué? Nos han acostumbrado a que la duda no es buena, parece indicar flaqueza de carácter, falta de voluntad. Hace unos días, Nicole estuvo paseando por la calle Capón y me trajo también una galleta de la fortuna. La mía decía así: “Alcanzarás aquello que quieres si te esfuerzas un poco más”. Esto es algo a lo que sí estamos acostumbrados. A que la vida es una carrera de un solo carril y que basta empujar con empeño para atravesar la meta como un galgo. Pero por supuesto, la vida no tiene carriles. Ni mucho menos meta. Y si a veces nos parece que está bien señalizada y que vamos por buen camino -¿a dónde además? ¿a la felicidad, al progreso, a la paz, a la inmortalidad?- hay que estar más dispuesto a detenerse en medio del viaje, como cuando a tu papá se le ponchaba una llanta camino a Cajamarca y te bajabas del auto a explorar los pastizales.

Estoy leyendo la correspondencia de Ribeyro a su hermano Juan Antonio y descubro una carta de 1964 en la que Julio Ramón le dice “Ya no quiero publicar más cuentos. Ni escribirlos”. En 1964 Julio solo había publicado Los gallinazos sin plumas (1955), Cuentos de circunstancias (1958), Las botellas y los hombres (1964) y Tres historias sublevantes (1964). Estaba pendiente más de la mitad de su obra. Si Julio se hubiese detenido en 1964 no existirían cuentos como Espumante en el sótano, El próximo mes me nivelo, Silvio en el Rosedal, Tristes querellas en la vieja quinta y Solo para fumadores. El diario y las cartas de Julio están llenos de estos momentos. Días en los que revela que está a punto de renunciar, en que sus cuentos le parecen malos y su carrera absurda. A mí me reconforta mucho toparme con estos extractos. En parte porque pienso que eventualmente sus lectores le harán saber que tuvo sentido que no dejara de escribir. Pero también porque la duda nos golpea a todos cada día. En Mientras escribo, Stephen King cuenta que tiró el manuscrito de Carrie (su primer best-seller) a la basura. Fue su esposa quien lo rescató y le dijo que lo continuara. Kafka le pidió a su amigo Max Brod que quemara toda su obra y John Kennedy Toole se suicidó porque las editoriales rechazaron una novela que luego ganaría el Pulitzer. Creo que fue su madre quien siguió enviando el manuscrito tras su muerte.

Las historias del fracaso me parecen mucho mejores consejeras que las del éxito. Hay gente que se empeña en darte hurras y máximas de optimismo como sparrings de la autoayuda. Tal vez yo mismo como profe lo he hecho con mis alumnos, pero para variar, de vez en cuando me gustaría que más gente admitiera esto: ¿Sabes qué? No tengo ni idea de cómo vivir, no sé ni cómo logro levantarme de la cama, tengo miedo y no sé si tengo talento para esto, pero voy a seguir haciéndolo porque es lo que me provoca, porque tengo ganas de joder y porque, como diría el gaucho Inodoro Pereyra: “Muy callau sería el bosque si solo cantaran las aves de mejores trinos”

©Chema Madoz