¿Dónde dices que te pegaron?

A esa hora de la tarde el pasillo que conducía hacia la dirección del colegio parecía interminable. Tocó la puerta con algo de firmeza y desde adentro la voz áspera del director la invitó a pasar. La pequeña Violeta tomó asiento y, por primera vez, se percató del profundo silencio que había en el ambiente. Paseó la mirada por todo el lugar para evitar los ojos inquisidores del viejo. 

—Violeta, lo hiciste otra vez. Siempre estás metida en líos —dijo el director, cruzando las manos sobre el escritorio. Tenía los ojos saltones y una quijada prominente.

Violeta miró un cuadro que estaba sobre la mesa. Supuso que era la familia del viejo.

—Violeta, te estoy hablando. Mírame cuando hablo. 

La niña siguió viendo el cuadro por unos segundos, pero supo que era inútil seguir ignorando al viejo. 

—Me patearon —explicó, se esforzaba para no llorar. Cruzó los brazos y frunció el ceño—. ¡Me patearon porque les gané en el juego de ajedrez!, ¡a los dos!

—¿Segura? —el viejo apoyó los codos en el escritorio. 

—Sí.

—Hugo y Tomás me contaron otra cosa. Me contaron que tú perdiste y, por eso, los golpeaste. Estuvieron aquí antes que tú. 

—¡No es cierto!

—Dime la verdad, Violeta. No enseñamos a mentir en este colegio. Tus amiguitos no se han mordido a sí mismos. No han llorado por gusto. 

—¡Son unos mentirosos! Primero le gané a Hugo y luego a Viviano. ¡Son unos mentirosos!

—Cálmate. ¿Luego qué pasó? —preguntó el director mientras se sobaba las manos.

—Dijeron que se dejaron ganar porque no le ganarían a una niña. Y que si ellos ganaban yo comenzaría a llorar. Que se dejaron ganar porque me tenían pena.

—¿Y tú qué hiciste? 

—¡Me defendí de esas ratas!

—¡Violeta! No puedes llamar así a tus compañeros. Ni andar golpeándolos por lo más mínimo que te digan —el viejo se paró de su silla. 

—¡Sí puedo!, además ellos también me golpearon. También mi mamá dice que las mujeres no debemos dejarnos golpear —respondió y bajó el rostro, parecía derrotada. Las lágrimas eran el resultado de su cólera. 

El viejo se acercó a su lado y con una mano le levantó el rostro a la niña.

—No llores, Violetita. Cálmate, hija. ¿Dónde te golpearon? 

Violeta miró al viejo. Pensó en qué se sentiría tener un papá.

—Aquí —y señaló su cadera. Seguía llorando inconsolablemente.

—¿Muy fuerte? —preguntó el viejo, acariciando la cabeza de la niña—. Cálmate, mi pequeña Violetita. 

—Sí.

El director caminó hasta la puerta. El silencio del pasillo, ahora inalcanzable, se vio interrumpido por el inequívoco sonido que emiten los seguros de las puertas.

—Tendremos que hacer algo al respecto con esos dos alumnos muy malos. A ver, ¿dónde dices que te pegaron?

 

© A STUDY OF THE VICTIM. 2009. HISAJI HARA