¿Qué es un objeto estético? El mundo está compuesto de objetos y todos pueden llegar a asumir un carácter estético. Sin embargo, solo adquieren esta cualidad cuando el hombre les otorga ese significado. El crepúsculo no es bello per se pero se torna en un objeto de belleza cuando el hombre lo aprehende como tal. Entonces es que puede ser capaz de sugerir producciones de carácter artístico. Esta producción tiene dos elementos básicos: parte de la naturaleza y logra su desarrollo debido a la técnica. La técnica artística es productora de imágenes estéticas que cumplen una función de representaciones de estados del espíritu individual y colectivo en un determinado lugar y momento histórico.

© Guillermo Tinoco.1 de la serie Bits Latente, 2017

El objeto estético como fenómeno concreto está dado por las obras de arte en sí mismas: son objetos creados, producidos. Tienen realidad, materia, espacio y tiempo. El ser estético de la obra de arte nunca existe imaginativamente, como hecho abstracto. Se hace evidente y objetivo a través de un medio físico que proyecta una realidad nueva. Si bien las obras de arte son hechos objetivos, su esencia va más allá del mundo empírico: Contraponen a este un mundo nuevo que posee su propia consistencia (Adorno, 2009).

Las obras de arte son pues manifestaciones que superan la realidad objetiva, existe en ellas una correalidad como un hecho inherente y como su razón de ser (Bense, 1957, p. 139). Es decir, una realidad que no es la inmediata y objetiva sino una realidad interna del mundo, que las producciones artísticas reflejan o interpretan y que se aparece como un hecho paralelo. Al juzgar una obra de arte tenemos que pensar que nos encontramos ante otra realidad. Matisse decía. “No puedo copiar servilmente a la naturaleza. Me veo obligado a interpretarla, a someterla al espíritu del cuadro”.

Ejemplos de hechos objetivos que forjan la correalidad en las obras artísticas son la perspectiva renacentista; el claroscuro barroco; el tratamiento de los personajes literarios, cuya fuerza es creada por un discurso que impone la ficción como un hecho verosímil; las frases y estructura musicales que producen la sensación de los sonidos de la naturaleza– la Pastoral, de Beethoven o Las Estaciones, de Vivaldi- o las imágenes objetivas y subjetivas que brinda la poesía según sus diversos cauces y en fin las disímiles manifestaciones del arte.

Hay que asumir que la realidad es tan absolutamente variada y está referida ya sea al mundo objetivo como a las propias instancias subconscientes de las personas, que los productos estéticos adquieren una multiplicidad inmensa en cuanto a la correalidad que deben reflejar. En ese sentido ¿el ser estético no es sino un valor abstracto y volátil? Si afirmamos que en el objeto estético, el mundo físico no sólo está realmente presente sino que se remite a un nuevo modo del ser, ¿qué es lo que lo determina? ¿Es un hecho de apreciación particular? ¿Puede generalizarse? ¿Se relaciona con lo que se ha dado en llamar “verdad”?

© Omar Miñano. St, 2017

Valgan al respecto comentarios de Martin Heidegger en relación al arte. Este pensador alemán se interroga si es que el arte se ocupa de lo bello o de la verdad. Heidegger (trad. 1993) afirma: En el arte “no estamos buscando la verdad sino la esencia de la verdad”. Es decir, en el fenómeno artístico se trata de encontrar aquel aspecto del Ser que está oculto en el objeto. El arte tiene como misión presentar aquello que está inicialmente velado pero cuya esencia va paulatinamente a emerger.

El tema es que nunca el hombre está satisfecho con la “esencia de la verdad”: cuando esta ha sido aparentemente develada y adquirido una determinada forma, esta se convierte en un paradigma o lugar común. Empieza entonces otra búsqueda por encontrar una nueva forma que brinde una nueva significación. Esta significación adquiere el nivel de verdad artística si emerge de un proceso dialéctico interno que ocasione un conflicto cognitivo y emocional en quien contempla, experimenta o participa en la obra. El hecho de develar esta esencia supone un hecho poético para Heidegger. La obra en sí misma, el objeto estético, constituye un poema que oculta una esencia de verdad a ser descubierta. De ahí que todo arte, incluso la arquitectura, constituye un hecho de poesía. En este punto, Heidegger está orientándose al término griego “poiesis” que es elaboración, configuración, producción. Y esta tiene un carácter evidentemente histórico y su función es básicamente socializadora.

La obra de arte es un medio para el desarrollo de un diálogo tanto entre la obra y el sujeto que la percibe y también con el contexto que pueda significar y con el artista que la haya producido (Feldman, 1970). Esto es claramente complicado en el mundo actual posmoderno donde la idea del arte como producto de contemplación está dejando de ser y en su lugar se impone la idea del arte como resultado de una interpretación personal interactiva.

Por esa razón ¿cómo saber si el objeto estético es realmente artístico? Por la forma, la propiedad de la forma, su pertinencia. Clive Bell (1919) señalaba, en cuanto a la plástica, el valor de la “forma significante”; una relación de formas, líneas, colores, espacios, cuya organización va provocar en nosotros una emoción estética. Es a través de la forma del objeto que este se convertirá en estético según el contexto de cada individuo. Ese impacto de la forma proviene de la técnica del tratamiento de los materiales con que el artista ha construido la obra hasta su perfección, al ponerlos al servicio de su idea en una forma adecuada a su naturaleza.

Así es como el artista muestra experiencias nuevas siempre a través de un medio concreto. El material a partir del que se crea una obra de arte incluye los significados, los valores y las emociones extraídas de la experiencia pasada. Estos significados y valores son expresados más que enunciados. De ahí que el propósito del artista no sea precisamente comunicar sino que la comunicación es una consecuencia de la obra de arte. El arte comunica a través de un contexto formal que representa o expresa las cualidades y rasgos de la experiencia humana. Y la forma especial en la que el arte comunica es por medio de la imaginación: lo que se percibe no está en el objeto, ni en el sujeto, sino en la relación interna activa entre ambos (Child, 1973).

En realidad, el tema en el arte es secundario. Se puede llevar a cabo una combinación cromática bellísima, una ordenación de líneas y de planos armoniosa, que resulten un recreo para la vista y el espíritu, sin necesidad de que la misma se parezca a nada existente con anterioridad. Es la excelencia de la forma lo que determina la trascendencia del tema representado en una obra artística. El arte no es el qué sino el cómo. El arte es la forma y no el contenido.

Esto implica referirse a la libertad del artista. Adorno (2009) remarcó la necesidad de una autonomía como valor inherente al arte, autonomía que puede considerarse como el sentido de libertad del artista. Rechazó la imposición estética con carácter ideológico ya que esta orientación conduce a una falta de preocupación por un sentido verdaderamente adecuado de la forma artística: violenta la autonomía intrínseca del creador y por tanto de la obra en sí misma. Además, Adorno rechazó igualmente el arte puramente estetizante o instrumento ideológico. No puede aceptarse la intención de convertir al arte en un puro instrumento de supuesta transformación social según los dictados de una cúpula política o intelectual o bien aislarlo en un subjetivismo individualista inoperante.

¿La obra de arte expresa la belleza y los ideales de belleza de una sociedad y la capacidad del artista que la realiza? No siempre es así. En ocasiones, el artista propone soluciones que rompen con los ideales estéticos establecidos y los valores de la sociedad, como el realismo del s. XIX que fue un arte de protesta y crítica social. Puede también el artista sentir la necesidad de incrementar su comunicación con el espectador y da a su obra un aspecto de estructura inacabada que requiere de la participación del público para completarse. La obra juega muchas veces –sobre todo en las obras de vanguardia del s. XX y de nuestros días- el rol de un acertijo. Por eso, la eterna pregunta ¿qué es arte? A ella responde Gombrich (1981: 13): “en realidad no existe nada semejante al Arte. Solo hay artistas”.

© Omar Miñano. Dela Serie Pictórika, 2015

¿Tanto así? Semejante aserto puede considerarse como una metáfora con sesgos fundamentalistas. Quizás sea mejor simplemente aceptar la existencia del proceso artístico como un hecho inherente a la acción humana. Y en cuanto a los creadores deben aceptar que nadie puede imponer una explicación de su obra a nadie. Una vez creada, la obra ya no le pertenece sino a quienes la van a contemplar o experimentar. Claro está que esta pertenencia que experimenta el espectador o partícipe siempre modificará las intenciones originales del creador de acuerdo a los paradigmas culturales y circunstancias sicológicas del individuo o del grupo.

¿Puede llegarse a una conclusión? No es posible. Nunca se podrá hacerlo de la misma manera que el ideal no es posible de asir. Pero es hermoso, emocionante. La comprensión del arte es la comprensión del alma humana ¿en realidad podría esta llegar a ser comprensible? Ese es el reto. La Sociología y la Psicología procuran entender el arte como fenómeno social y comunicativo pero nunca se podrá entenderlo como circunstancia universal. Pertenece a un tiempo y un espacio. Expresa una enorme diversidad de sí mismos. Cómo entender la manifestación estética de esta multiplicidad es el desafío que se debe aceptar.