Curiosamente, conocí la poesía de Luis Hernández Camarero (1941-1977) gracias a un hipervínculo que compartió un amigo en Facebook, hace ya varios años. Apelo al vocablo «curiosidad», porque al leer Vox Horrísona —o escucharla, que viene a ser lo mismo en poesía; entiéndase que no entiendo de poesía, sino que me empeño en vivirla y nada más— advertí el juego intertextual de Luchito, excampeón de peso welter. Un jugueteo con enlaces, referencias de ciencias, artes y coloquialismos, con sentido o nonsense, y, sobre todo, con corazón.

Aquel descubrimiento hizo que, soy sincero, se me llenaran los ojos de agua y de contento.

© Vox Horrísona. Luis Fernández. Editorial Pesopluma (2018).

Mágico: su canción ensordecedora había ingresado en mi médula y retumbado mi espíritu. No dejaba de mirar las constelaciones en el papel, no dejaba de temblar a consecuencia de un mar que antes me parecía inane y ahora veo soberbio. Sobre la palabra, me paré y aferré lo que amo… deseché lo demás, la basura, entonces me vestí como Dios vestido de Dios: Es decir: desnudo.

Podrá parecer irracional, como la raíz cuadrada de menos uno (√-1) o el amor, pero fue así.

El médico y lírico y romántico Hernández, Gran Jefe Un Lado del Cielo, me noqueó en el primer asalto. Yo con la mueca antónima al dolor, o sea, sonriente, tendido en un cuadrilátero hecho de letras. Sus guantes eran legítimos. Sus citas textuales eran legítimas. Y en mis oídos, la cuenta nunca se contó: Nocaut. K. O. instantáneo. Complexión más dorada que el sol con los brazos extendidos precisamente hacia el sol, victorioso. Sabiduría y sentido abrumadores. Entonces juntar las pestañas: déjame soñar como el río que fluye azul, sin detenciones. Así, al despertar, no cabían dudas: el sueño era realidad y la realidad, un sueño.

Pasó el tiempo, con muchos tragos de cerveza, música y una voz poética de la generación del 60 en la vida de un muchacho de veintitantos, de los 90. Lo imperecedero insuflando a un mortal. En el pecho henchido, Ezra, qué tal viejo che’ su mare; Byron; Keats; Antón, su semejante en guardapolvo; Beethoven, sordo virtuoso; Schumann; Prokofieff; Strauss… un recital en el cielo, en la tierra y en todas las aguas del mundo.

Caminé, salté, corrí, bailé… conociendo la senda del sonido de la orquesta, las hojas musicales. Agradecido con OneSide-of-the-Sky, Luchito, Billy the Kid. Reconocimientos, vítores, laureles para el genio. Mas, como es natural, me alejé seducido por otras voces igual de magistrales. Me fui apartando de la obra, su obra jamás de mí. 

© Una impecable soledad. Luis Fernández. Editorial Pesopluma (2020).

Y tras miles de días, vuelvo al poeta, al compatriota, sin molestarlo en su impecable soledad. Dibujo en mi cuadrado el juego inolvidable: abrir el libro, beber unas latas heladas —las que están al fondo de la nevera—. Colmarme de la Belleza del Universo y de las otras bellezas que crea el alcohol, el arte. Disfruto de los arpegios del piano en sus manos inmortales, flores inmarcesibles, brisa en verano — no es que sea verano, no es que importe, en realidad—. Qué es la brisa. Qué es la arena. Qué hora es. Mañana resplandeciente. Noche feérica. En medio: Im Abendrot. 

Luego caer o flotar, según se prefiera, envuelto en poema y prosa. Se cumple la fórmula: E=mc²